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Una “escuela” que lleva la libertad impresa en su ADN

Paolo Perego
18/10/2016

¿Cuál es el ingrediente indispensable? «Se llama gratuidad. Sin eso no se puede construir». Alberto Bonfanti, profesor de Filosofía en un liceo milanés, es una de las “columnas” históricas de Portofranco, una asociación que desde hace más de quince años se dedica a ayudar a los alumnos de enseñanzas superiores en sus dificultades con el estudio. «Esta historia nació con Giorgio Pontiggia, en noviembre del año 2000. Un sacerdote apasionado por los chicos y por su educación, del que estos días celebramos el séptimo aniversario de su muerte», dice Bonfanti, antes de presentar a Emmanuele Forlani, llamado a sucederle hace unos meses en la presidencia de esta organización.

Son casi dos mil chavales al año, de diversas etnias y procedencia escolar, los que ocupan por las tardes los pupitres de Portofranco, con más de cuatrocientos voluntarios, entre profesores -jubilados y en activo- y universitarios que les ayudan, cada uno en su asignatura. Después de las cifras llegan los saludos a las autoridades ciudadanas presentes y a los benefactores. En primera fila, la teniente de alcalde y delegada de educación del ayuntamiento de Milán, Anna Scavuzzo.

Cifras y resultados, «pero nada de esto basta para explicar qué es Portofranco. La clave de todo está en la gratuidad. Solo eso permite crecer al otro», insiste Bonfanti antes de proyectar un fragmento de la película Los miserables, basada en la novela de Víctor Hugo. Unos minutos, con el protagonista, Jean Valjean, detenido por la guardia con la plata robada en casa del obispo Myriel que le había alojado la noche anterior, que se encuentra con la defensa a su favor por parte del prelado: «Yo se lo di. Por cierto, te olvidaste los candelabros. Y recuerda que has prometido convertirte en un hombre distinto».

Annarita, una mujer invitada por una amiga a dedicar parte de su tiempo a dar clase a estos chavales, abre el turno de intervenciones. «Yo no soy profesora y llegué aquí muy escéptica». Pensaba que se trataba de una iniciativa “social” más, pero «me ha roto los esquemas», dice Annarita. «Conocer a estos chicos, sus talentos y sus dificultades, descubrir con ellos que no son solo la nota que sacan en clase, ha sido un don». Las tardes que viene a dar clase de Historia siempre trae un periódico, «para que los alumnos entiendan la relación entre lo que está en los libros y el mundo en que viven hoy». ¿Y funciona? «La verdad es que a veces me surgen dudas. No es automático. Pero una noche, después de la clase, una chica musulmana empezó a hacer preguntas a partir de lo que habíamos visto». Y Annarita se implicó en el debate: «Perdí dos trenes. La chica preguntaba por todo, por la religión, por la actualidad, hasta por mí misma: “¿Tú crees en Dios?”. Y yo soy atea… Necesitaba que alguien la escuchara, que la tomaran en serio. Fue un regalo para mí».

«Esto es una casa, mi casa», dice Carlo, universitario de la Católica de Milán, que lleva cuatro años aquí como voluntario. «Cuando era bachiller venía aquí para que me ayudaran, ahora vengo a echar una mano». Da unas horas de lengua los miércoles por la tarde. «Pocos días después de los atentados de París en noviembre, estaba leyendo con un alumno musulmán la novela de Boccaccio Ser Ciappelletto», la falsa confesión de un hombre en su lecho de muerte para no provocar escándalo entre los que lo acogían. «Ahí se habla de los sacramentos… Tuve que explicárselo todo, desde quién es el Papa hasta qué es la confesión. Al final, no sé si aprendió algo de Boccaccio. Pero en un clima como el que se respiraba esos días, aquello fue una posibilidad de encontrarnos, de comprender quién era el que tenía delante. Empecé a preguntarme entonces con quién se habrían encontrado en cambio los terroristas franceses».

Resumiendo, en Portofranco no solo hay estudio. Suceden encuentros, también entre extranjeros y entre religiones distintas. «Aquí acontece, me atrevo a decir, la integración. Para algunos es un renacer lo que sucede dentro de estas relaciones donde uno, al ser mirado gratuitamente, empieza a interesarse por todo, incluso por sí mismo». Lo dice Daniel, 24 años. Es uno de los chicos de Claudio Burgio, el capellán de la prisión Beccaria de Milán, que ha fundado una asociación para la reinserción de los presos más jóvenes. Aquí conoció a Fiorella, antigua profesora. «Me gradué el año pasado. La primera vez que me vio, me dijo que yo tenía talento, que tenía que terminar los estudios que había abandonado. Yo pensé: “qué bonito, me lo dice por decir, a ver si vuelve a decírmelo…”». Pero se lo volvió a decir, muchas veces, insistiendo en que se preparara los exámenes de acceso a la universidad. Y ahí está. «Ahora vengo siempre que puedo como voluntario, aunque con la universidad estoy muy liado. Esta es una de las cosas más bellas que he visto nunca. No lo digo por nada en particular, porque cada instante aquí dentro lo es. Y cada noche, cuando vuelvo a casa… “¡Qué bonito!”». Lo de la gratuidad no es un cuento, insiste: «Los que me han ayudado siempre me han dicho que lo hacían por sí mismos y ahora yo experimento lo mismo. Lo necesito, me hace crecer».

Después de Daniel, es el turno de Clara. Con 42 años de cátedra a sus espaldas, al retirarse su hija la animó a colaborar por las tardes en Portofranco. «Yo ya tenía hecha una idea de lo que es la enseñanza. Me preguntaba si realmente era posible conectar con los chavales estando solo una hora o dos a la semana con ellos. Me parecía fundamental la continuidad en el trabajo con ellos. Pero probé. Y, milagro, en muy poco tiempo empecé a comprenderles». Una chica, después de mejorar sus notas, fue a ver a Clara. «Al acabar la clase se puso a buscar en su mochila y sacó unas chocolatinas para mí: “No es necesario, ¿no crees?”. Me respondió: “Al contrario, lo que ha pasado no es nada obvio”. Fue una sorpresa para mí, ¿pero qué les ofrece el mundo ahí fuera? Es verdad, los chicos no están acostumbrados a recibir tanto».

«Hay una libertad impresionante», comenta la teniente de alcalde Scavuzzo, al terminar el encuentro. «No tiene nada que ver con el individualismo de una opción, sino con la belleza de hacerse cargo de otro. Una libertad que se transforma en el encuentro con el otro». Una libertad que va impresa en el ADN de Portofranco.

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