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Una riada de vida en Alepo

Gianni Mereghetti
05/09/2017
El padre Ibrahim con el grupo de amigos italianos.
El padre Ibrahim con el grupo de amigos italianos.

El viaje en coche desde Beirut hasta Alepo es largo. La carretera está plagada de militares de Bashar al-Assad, chicos muy jóvenes pero que infunden una cierta seguridad, aunque los controles a los que nos someten son superficiales, tal vez porque nos acompaña alguien conocido, se nota que los dos conductores están acostumbrados a pasar por aquí. En Homs vemos los primeros signos de la guerra. Atravesamos un lago para llegar a nuestro destino. Los check point se intensifican, nos encontramos uno cada doscientos metros. Empezamos a ver edificios derruidos, casas sin ventanas, calles irreconocibles. Después de ocho horas entramos en el corazón de la ciudad mártir de esta guerra. Pero en medio de tanta destrucción vemos gente que se mueve, una ciudad que vive, que quiere seguir viviendo después del horror de la guerra.

Llegamos a la parroquia de los franciscanos y nos recibe el padre Ibrahim Alsabagh, acompañado de sus colaboradores. Inmediatamente nos llama la atención la sonrisa que durante este tiempo hemos visto tantas veces en el rostro del padre Ibrahim, impresa también en aquellos que están con él. Este será el primer impacto de los cuatro días que pasamos en Alepo, en un viaje que respondía a una invitación del padre Ibrahim y a la gran amistad que en estos años ha nacido con él.

¿Cómo es posible que en un lugar donde se percibe de manera tan cotidiana la presencia de la muerte también esté presente una alegría más fuerte que la destrucción causada por la guerra? No tenemos que esperar mucho para encontrar un inicio de respuestas. Después de comer, el padre Ibrahim nos lleva al reparto de comida para la comunidad armenia. Allí, en la cara de los voluntarios, volvemos a ver esa misma alegría.

El reparto de alimentos es sin duda la compartición de la necesidad de muchas familias pobres, pero lo que mueve a estas personas no es tanto eso sino su necesidad de responder a la presencia real de Jesús. En ellos vemos en acto la experiencia de la unidad de la fe, de su capacidad para abrazar al hombre en todas sus necesidades.

Con el abrazo a la comunidad armenia y con el gesto de oración con que empieza el reparto, el padre Ibrahim nos hace entender la dimensión educativa de este gesto: no un simple dar sino una capacidad de atraer su mirada amorosa. Todos los días en el oratorio de los franciscanos se hace el reparto de alimentos y todos los días se nota que allí sucede algo más que la mera distribución de víveres, está sucediendo su amor, esa mirada que es lo que más necesita esta gente. En Alepo nos encontramos con el mismo método de las primeras comunidades cristianas, la certeza de que Jesús abraza todo y a todos, y para hacerlo no le basta con todo su poder sino que pide nuestra libertad.

Cuando el padre Ibrahim llegó a la parroquia, no había prácticamente nada. Luego, las necesidades empezaron a emerger, como la gestión del reparto de alimentos, la reconstrucción de viviendas o la organización del oratorio de verano, convirtieron a la parroquia en un lugar vivo, un centro donde se compartían las necesidades, una comunidad cristiana.

Luego fuimos con el padre Ibrahim a visitar el centro de la ciudad, devastado por la violencia yihadista y por el Isis. No queda en pie más que un cúmulo de escombros. A cada paso, en cada rincón aparecían más ruinas, nos sentimos invadidos por una profunda angustia, con la sensación de que sería imposible reconstruir todo aquello. Sin embargo, el padre Ibrahim nos mostró hechos que ponen ya de manifiesto que la ciudad ha empezado a florecer de nuevo.

Uno es el apoyo que la parroquia presta a los que quieren empezar a trabajar. Visitamos un horno, una sastrería y un bar. El método con estos proyectos es sencillo. La parroquia sostiene económicamente el inicio sin pedir devolución, solo pide que quien reciba esta ayuda pueda continuar después siendo cada vez más protagonista de su trabajo.

Otro proyecto es el de la reconstrucción de casas, con el objetivo de animar a los cristianos a permanecer aquí. Un joven ingeniero llamado Noubar nos acompañó entre las ruinas para enseñarnos el milagro de unos apartamentos que han seguido en pie. El padre Ibrahim nos presentó a algunas familias jóvenes y parejas de novios a los que acompaña en este momento tan decisivo. Son parejas jóvenes que necesitan una casa y un empleo, y esas son las primeras necesidades a atender.

El padre Ibrahim también nos llevó a ver el cementerio latino que están restaurando y donde están intentando colocar un nombre en cada tumba. Porque es importante horadar el muro que separa y divide a los vivos de los muertos.

En el colegio de los franciscanos, 800 niños y sus padres vivieron un momento de fiesta para poner fin al oratorio de verano. Dos horas de fiesta con cantos, bailes y representaciones que nos conmovieron profundamente porque testimoniaban una riada de vida, una riada que corría con una frescura y energía imparables.

Hablando con el vicario apostólico de Siria, Georges Abou-Khazen, y en un encuentro con las hermanas de la Madre Teresa de Calcuta que viven en el vicariado, vimos claramente cómo la Iglesia hacer revivir lo humano, llegando a todas partes con la fuerza del Espíritu y devolviendo una esperanza que de otro modo sería imposible. Una fuerza que se topa en primer lugar con nuestro corazón, con una unidad de vida que tanto necesita Alepo.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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