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RESEÑAS

Interrogar a la vida, y al infinito

Fabrizio Sinisi
21/02/2017
Lepori, Colognesi y De Bortoli en el Centro Cultural de Milán.
Lepori, Colognesi y De Bortoli en el Centro Cultural de Milán.

El Centro Cultural de Milán ha presentado una nueva colección, A caccia di Dio (A la caza de Dios), que se abre con el libro Si vive solo per morire? (¿Solo se vive para morir?), del padre Mauro-Giuseppe Lepori, abad general de la orden de los cistercienses. Que esta pregunta no nace de un ocioso afán por dedicarse a los pensamientos profundos sino una cuestión central para vivir, salta a la vista en la introducción de Pigi Colognesi, miembro de la junta directiva de esta colección, al contar cómo había nacido esta iniciativa: «No para responder a los problemas específicos de nuestro tiempo sino de una cena con el padre Lepori en el Meeting de Rímini de 2015. Hablando con él, se nos hizo evidente a todos que se podía hacer algo para que la pregunta planteada en aquel Meeting -de qué es ausencia esta ausencia- pudiera plantearse en el mundo de hoy. La pregunta que nos hizo el padre Lepori y que nos removió por dentro fue esta: "¿Quién sigue hoy interrogando a su corazón?". A lo que respondimos: "Nosotros. Nosotros queremos ser los que vuelvan a proponer un interrogante al corazón humano". Los textos de esta colección pretenden interrogar al lector de una forma valiente e integral».

El invitado de la velada era Ferruccio De Bortoli, editorialista y exdirector del Corriere della Sera, que no se sustrajo a estos interrogantes: «Una pregunta como esta, "¿solo se vive para morir?", aunque tengas una fe débil e incierta como la mía, no la puedes evadir tratando de vivir con intensidad, casi con bulimia, sin pensar en el mañana. Es la característica de la vida actual: no hay pasado y el futuro no existe. La muerte es como si fuera expulsada de la realidad, exorcizada, hagamos todo lo posible por esconderla. Pero eso nos sustraer de la urgencia necesaria delante de la cual nos pone el padre Lepori. Y es el ejemplo con que abre este libro, la pregunta de la pequeña Maria Cristina, de once años, a su madre: "De qué sirve estudiar, hacer los deberes, trabajar, si luego tienes que morir?". Una pregunta como esta nos pone ante lo más verdadero de nosotros mismos». De Bortoli responde entonces con nuevas preguntas: «La gratuidad de la que habla Lepori, esa gratuidad en que consiste la caridad cristiana, ¿no puede ser perjudicial desde el punto de vista educativo? ¿No lleva a que pierda valor el valor, no induce a la pereza? Tal vez la caridad venza, al final vence siempre, ¿pero no vence demasiado tarde?». A lo que añade, casi con amargura: «Es verdad que hoy cualquier pregunta sobre el sentido se censura, y no sé exactamente quién tiene la culpa, pero creo que muchos que como yo practican el oficio de periodista comparten una cierta complicidad con esta censura». Luego De Bortoli se detuvo un momento ante una frase de Lepori sobre la que insistió desde el principio: «"La vida hay que buscarla incluso cuando parece que ya no queda nada". En todos estos años, nunca he trabajado sobre una reflexión como esta. Nunca me había dado cuenta. He sido un cronista falto de atención».

Los temas que el padre Lepori puso sobre la mesa eran de una humanidad ardiente. Lo que más llama la atención de él es cómo un hombre tan lleno de certeza puede expresar toda esa convicción despertando preguntas que no resuelven el problema sino que lo abren aún más. «¿Hay diferencia entre interrogar a la vida y una vida que interroga?», se pregunta: «¿Hay diferencia entre un anhelo de vida y una vida que se convierte en objeto de una pregunta? ¿Interrogar a la vida no es acaso propio de un hombre que se encierra en sí mismo, en lo que ya tiene y teme perder? No sabemos qué es la vida, pero sabemos que es un bien que queremos defender y que nuestras manos no saben proteger. Por eso interrogar a la vida es el alba de la pregunta por el infinito. Porque cuando uno se enfrenta con este punto, decide si la vida tiene sentido o no, si hay un sentido en la vida o la vida se reduce a la defensa de sí misma, a una ilusión».

Desde esta perspectiva, hasta la crisis -personal o histórica- se convierte en una posibilidad para volver a interrogar al presente. «Todas nuestras dificultades son el signo de un despertar de la vida que interroga a la vida. Pero para preguntar la verdad, la vida debe distanciarse de sí misma, abrir las velas a un viento que nos lleva más allá, allí donde quizás no queríamos ir, donde no teníamos previsto ir. Toda crisis despierta de hecho en nosotros la pregunta: "¿Por qué vivir, si hay que morir?". Las crisis son momentos históricos, momentos de la historia de una vida, donde un individuo o un pueblo pueden darse cuenta de que la historia no es el sentido de sí misma, la historia es un camino, y el sentido de un camino nunca es él mismo. La historia es un camino que va hacia adelante, que solo tiene sentido si tiene una dirección».

«Estamos ante un cambio de época, ante un conflicto entre las exigencias del corazón humano y la contaminación de las palabras e imágenes que se nos imponen a todos, dejando poco espacio a la pregunta fundamental. Pero si esta pregunta es verdad para mí, es verdad para cualquiera. Este es el punto desde el que todo puede volver a empezar. Lo importante en la vida no es sobrevivir. Porque se puede hasta morir, pero que se muera con esta esperanza en el corazón: la de transmitir a la libertad del otro un valor y un bien. Esta es la lucha, el martirio de cada uno de nosotros».


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