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Un cristianismo más allá de las guerras culturales

John L. Allen Jr. e Inés San Martín
28/06/2017 - Crux

Una de las cuestiones más problemáticas que tienen que afrontar los cristianos en Occidente a comienzos de este siglo es si la Iglesia tiene el deber de seguir combatiendo las batallas culturales, y cómo debería hacerlo.

A la izquierda hay una fuerte corriente de pensamiento que considera que la Iglesia debería mantenerse al margen del campo de batalla porque con respecto a algunos temas, como la contracepción o la mujer, está en el parte equivocada. En el lado opuesto, algunos, como Rod Dreher con su propuesta de la «opción Benedicto», sostienen que la Iglesia debería retirarse porque ya es una perdedora, y lo máximo a lo que puede aspirar en esta cultura es a mantener vivas pequeñas islas de fe.

De hecho don Julián Carón, responsable del influyente movimiento católico de Comunión y Liberación, indica otro modo de afrontar la discusión para evitar poner el énfasis en las batallas culturales. En su opinión, el problema no es que las posiciones tradicionales de la Iglesia estén equivocadas, y mucho menos que la batalla esté ya perdida.

Considera que partir de la ética ha sido siempre un modo equivocado de comunicar al mundo el cristianismo que, en esencia, es un «acontecimiento» –un término que puede parecer banal en su uso corriente, pero que en el lenguaje de Comunión y Liberación, que nace de su fundador, el sacerdote italiano Luigi Giussani, está cargado de significado.

«Que la fe es un acontecimiento significa que la vida de uno cambia cuando se encuentra con un hecho, como les sucedió a Juan y Andrés cuando se encontraron con Jesús», ha declarado a Crux. «No se puede evitar la realidad de un hecho que ha sucedido, no se puede eliminar. Pensemos en san Pablo, que perseguía a los cristianos tratando de eliminarlos. El encuentro con Cristo vivo revolucionó su forma de pensar».

«No se puede reducir la cuestión a una elección entre las batallas culturales y un cristianismo vaciado de contenido, porque ninguna de estas dos hipótesis tiene nada que ver con Abrahán y la historia de la salvación», afirma Carrón. «Abrahán fue elegido por Dios para empezar a introducir en la historia una forma nueva de vivir que pudiese generar con el tiempo una realidad visible capaz de hacer la vida digna, plena».

En su casa de Milán, entre otros temas, Carrón ha hablado con Crux sobre la edición en lengua inglesa de su libro La belleza desarmada (Disarming Beauty), sobre cómo se puede proponer el «acontecimiento» cristiano en la cultura secularizada del Occidente posmoderno.

A continuación, la segunda parte de la conversación de Crux con Carrón.

Recientemente, Rod Dreher ha sostenido que los cristianos deberían abandonar las batallas culturales en Occidente porque ya las han perdido, y lo máximo a lo que pueden aspirar es la «opción Benedicto», es decir, la conservación de pequeñas islas de fe en un contexto de cultura hostil y decadente. Usted parece sostener que deberíamos dejar atrás las batallas culturales sin renunciar a esas posiciones, pero por un motivo distinto.
Efectivamente. Siempre me ha impresionado la contraposición entre el intento de transformar el cristianismo en una religión civil y el intento de hacer de él algo totalmente privado. Para mí es como tratar de corregir el designio de Dios. Me pregunto: ¿quién habría podido imaginar que Dios empezaría a comunicarse al mundo a través de la llamada de Abrahán? Era el modo más inverosímil y desconcertante de proceder que habría podido imaginarse.
No se puede reducir la cuestión a optar entre las batallas culturales o un cristianismo vaciado de contenido, porque ninguna de estas dos hipótesis tiene nada que ver con Abrahán y la historia de la salvación. Abrahán fue elegido por Dios para empezar a introducir en la historia una forma nueva de vivir que pudiese generar con el tiempo una realidad visible capaz de hacer la vida digna, plena.
Si Abrahán estuviese aquí hoy, en la misma situación de minoría que estamos nosotros, y se dirigiese a Dios diciéndole: «Nadie me escucha», ¿qué le diría Dios? Sabemos perfectamente lo que le diría: «Te he elegido precisamente para esto, para empezar a mostrar en la realidad una presencia que permita ver –aunque nadie crea en ella– que yo voy a hacer de ti un pueblo tan numeroso que tu descendencia será como las estrellas del cielo».
Cuando Él mandó a su hijo al mundo, despojado de su poder divino para hacerse hombre, hizo lo mismo. Como dijo san Pablo, él vino para darnos la capacidad de vivir la vida de un modo nuevo. Esto es lo que genera una cultura. La cuestión para nosotros es si la situación en la que vivimos hoy en día nos ofrece la oportunidad de encontrar nuevamente el origen del designio de Dios.

Usted parece bastante optimista al pensar que esto es posible.
Absolutamente. Soy completamente optimista por la naturaleza misma de la fe. Mi optimismo se basa en la naturaleza de la experiencia cristiana. No depende de mi capacidad de lectura de la realidad o de mi diagnóstico sobre la situación sociológica. El problema es que para ser capaz de empezar nuevamente desde este punto de partida absolutamente original debemos volver a las raíces de la propia fe, a aquello que Jesús dijo e hizo.
Si existe un motivo de pesimismo es el hecho de que demasiadas veces hemos reducido el cristianismo a una serie de valores, a una ética o simplemente a un discurso filosófico. Esto no es atractivo, no tiene poder para fascinar a nadie. La gente no percibe la fuerza de atracción del cristianismo. Pero justamente porque la situación que estamos viviendo hoy es dramática desde todos los puntos de vista, paradójicamente resulta más fácil proponer la novedad del cristianismo.

Si miramos hoy a Europa, vemos que está creciendo una nueva generación que no ha estado implicada en las viejas batallas que han visto enfrentarse a religión y secularismo. Son personas que han crecido en una cultura ampliamente post religiosa, y como consecuencia miran a menudo este fenómeno no con animosidad sino sobre todo con curiosidad. ¿Puede todo esto configurar una nueva fase para la evangelización?
Sí, estamos en una nueva fase. La cuestión es si nosotros, cristianos, seremos capaces de sacar ventaja de esta oportunidad para entender, nosotros en primer lugar, qué es verdaderamente la fe, qué significa ser cristianos, por qué ser cristianos debería ser interesante para nosotros y para los demás. Tenemos que profundizar en este punto independientemente de la preocupación por los números, y transmitir ante todo la plenitud de la experiencia que Cristo hace posible en nuestra vida.
Pienso en una expresión que Giussani usaba con frecuencia hablando de la fe. Decía: «La fe es una experiencia presente, y en mi experiencia personal encuentro la confirmación de su conveniencia humana». Sin esto, la fe no sería capaz de resistir en un mundo en el que todo dice lo contrario a nosotros.

Por tanto, su estrategia para la evangelización al comienzo del siglo XXI es vivir la fe de tal modo que esta «experiencia de confirmación» pueda producirse, para después ir introduciendo gradualmente a los demás en esta forma de vida, ¿no es así?
Cuando un cristiano vive la fe con este tipo de alegría, con esta plenitud, es evidente que cuando va a su trabajo, está con los amigos o va al aeropuerto, los demás verán esta novedad en él. Si llegas al trabajo a las 8 de la mañana y te encuentras con un compañero que está cantando, que te abraza y que comparte tus debilidades y dificultades, te surge preguntar: «¿Qué es lo que te hace llegar al trabajo cantando a las 8 de la mañana?».
Esto comunica el cristianismo mucho mejor que muchas otras cosas, más que todas las motivaciones éticas, porque cuando uno ve algo así, le surge de forma natural preguntar: «¿De dónde viene esta alegría? ¿De dónde viene esta plenitud de vida?». Uno puede no pensar inmediatamente que el origen de esta felicidad se llama Jesucristo, se llama fe. Pero cuando uno empieza a entender que este modo sorprendente de vivir tan feliz, tan alegre en el mundo real tiene su raíz en la fe, entonces esta se vuelve interesante.
En resumen, el cristianismo se comunica viviéndolo. T.S. Eliot preguntó una vez: «¿Dónde está la vida que hemos perdido viviendo?». Para nosotros es lo contrario; nosotros ganamos la vida viviendo la fe. Si no es así, no seremos interesantes para nadie, ni siquiera para nosotros mismos. En otros términos, ¿es la Iglesia la que ha abandonado a la humanidad o es la humanidad la que ha abandonado a la Iglesia?

¿Propone no una serie de teorías, sino un modo de vida?
Es una experiencia de vida.

El Papa Francisco habla con frecuencia de crear una «cultura del encuentro», y el concepto de encuentro era fundamental también para Giussani. Si miramos hoy a la Iglesia, ¿cuáles son los ejemplos de una «cultura del encuentro» que más le impresionan?
Siempre me impresionan los ejemplos de creación de espacios para el encuentro entre personas totalmente distintas entre ellas. Por ejemplo, aquí en Milán, nosotros [Comunión y Liberación] gestionamos un centro de ayuda al estudio en el que un grupo de profesores –unos pertenecientes al movimiento y otros no– ofrecen su tiempo libre para ayudar a chicos que tienen problemas en el colegio. Entre los chicos hay italianos, inmigrantes, fieles de distintas religiones, en su mayoría católicos o musulmanes, y ahí se ve un espacio de encuentro. Vienen de situaciones muy distintas y encuentran allí un lugar en el que renace su humanidad.
Una vez llegó allí un chaval con una barra de acero en la mochila. En otra circunstancia habría sido tratado como un terrorista. Pero estando con esta gente se ha liberado de su agresividad, incluso ha llegado a convertirse en uno de los responsables de esa iniciativa. En esto consiste el poder del encuentro.

¿Conoce algunos ejemplos también fuera de su movimiento?
Bueno, obviamente no conozco todo el mundo, pero algún ejemplo sí que puedo contar. Voy a veces a algunas parroquias en Roma y Milán, y es posible ver lo vivo que está este espíritu de encuentro en ellas. Conozco un sacerdote aquí en Milán que está en relación con algunos presos. Tiene una impresionante capacidad de implicarse con ellos de un modo que les ayuda a reconstruir su vida.
Está demás la experiencia de las APAC en Brasil, esa red de cárceles sin guardias y sin armas, en las que la tasa de reincidencia, que en las prisiones normales está alrededor del 80%, baja aquí al 15%. Uno puede pensar que se trata de una ilusión, que así no se hace más que incentivar la criminalidad. Por el contrario, es un ejemplo de lo que sucede cuando se produce un encuentro real. Todo lo que va en contra de la verdadera humanidad, antes o después, se desvanece.
Por ejemplo, había un preso que se había escapado de unas cuantas cárceles, y que casualmente había llegado a una de estas APAC, de la que no intentó escaparse. Un juez se quedó tan impresionado por esta historia que quiso ir a la prisión a preguntarle: «¿Por qué aquí no has intentado escaparte?». Y el preso respondió: «Porque del amor nadie huye».
A veces nuestro problema es que ya no creemos en ciertas cosas. Pensamos de hecho que cualquier otra solución, aunque sea violenta, es más eficaz que el poder del amor.

Está diciendo que al final nuestro «realismo» no es tan realista.
Efectivamente. Hemos dado por descontado que ciertas cosas son una ilusión, y hemos perdido la única oportunidad de ir verdaderamente al fondo del corazón de cada persona. Una vez más, esto es lo que me hace ser optimista: ¡la fe es eficaz!
Como se preguntaba el Papa Benedicto XVI hace algunos años, ¿tiene todavía alguna posibilidad el cristianismo en este mundo? A lo que respondía que sí, porque el corazón del hombre necesita algo que solo Cristo puede dar. La capacidad de corresponder al verdadero deseo último del hombre es lo que hará que el cristianismo sea atractivo.

Usted parece decir incluso que debemos tener valor en este sentido, no tener miedo a desafiar la opinión corriente en este mundo.
Lo que desde luego no podemos hacer es conformarnos con un cristianismo reducido, un poco ambiguo, pensando que este es el camino para encontrarnos con todos. No, tenemos que vivir el cristianismo de forma valiente, plena, debemos estar convencidos, con la misma audacia que tenía Jesús cuando entró en casa de Zaqueo, sin censurar en modo alguno las cosas que había hecho, sino desarmado, respondiendo a lo que él tenía en el corazón. Se trata de un método nuevo históricamente hablando. Jesús asombró a san Pablo del mismo modo en que nos asombra a nosotros. No hay nada que desafíe más el corazón de un hombre que un gesto como este, un gesto absolutamente sorprendente.

Un concepto clave en Giussani, que usted repite a lo largo de todo el libro, es que la fe es un «acontecimiento». ¿Puede explicar qué significa y por qué es tan importante?
Que la fe es un acontecimiento significa que la vida de uno cambia cuando se encuentra con un hecho, como les sucedió a Juan y Andrés cuando se encontraron con Jesús. No se puede evitar la realidad de un hecho que ha sucedido, no se puede eliminar. Pensemos en san Pablo, que perseguía a los cristianos tratando de eliminarlos; el encuentro con Cristo vivo revolucionó su forma de pensar.
Es como la escena que describe Manzoni en Los novios. La experiencia del encuentro con alguien tan capaz de perdón fue tan sorprendente que era imposible no abandonarse a la fuerza de su atractivo. Cuando el cardenal se despide del Innominado este le dice: «¿Que si volveré? Aun cuando vos me rechazarais, me quedaría porfiado a vuestra puerta, como un mendigo. ¡Necesito hablaros!, ¡necesito oíros, veros!, ¡os necesito!».
Este es el tipo de experiencia desconcertante que cambia la vida, esto es la fe. [El personaje del cardenal en Los novios está inspirado en la figura del cardenal Federico Borromeo de Milán, 1564-1631].
El Papa Benedicto siempre ha dicho que en el origen del cristianismo no hay una doctrina, una enseñanza, sino el encuentro con Cristo. La forma del «acontecimiento» cristiano es este encuentro, no de forma virtual o como una propuesta que hace uno cualquiera. No, se trata de un encuentro tan potente que ya no quieres perderlo en el resto de tu vida.

¿Es acaso el objetivo de su libro despertar la conciencia de este acontecimiento?
Desde luego. El problema es cómo comunicar este acontecimiento a la gente. Es como la experiencia del amor, del enamoramiento; no se produce porque se hable de ella, sino que sucede cuando uno se enamora.

En un momento dado usted escribe que el objetivo de la comunidad –tal vez refiriéndose a Comunión y Liberación, pero más en general también a la Iglesia– es generar «adultos en la fe». ¿A qué se refiere?
Me refiero a personas que sean regeneradas por la participación en la comunidad cristiana, en el sentido de que adquieran una capacidad nueva para afrontar la realidad, una capacidad para ser libres en un mundo distinto del de antes y una capacidad nueva para transmitir un sentido de asombro a los demás. Si el cristianismo no es capaz de generar un nuevo tipo de persona, entonces se quedará como algo separado de su vida.
En el momento presente, no existe nada más decisivo que la capacidad para generar adultos en la fe, adultos que vivan con libertad entre los demás y que pueden testimoniar la fe no solo cuando van a la iglesia o participan en alguna actividad «distinta» de lo habitual sino en lo concreto de su trabajo y de su vida.
Se necesitan personas que puedan llevar la novedad de la fe al corazón del mundo, que susciten la pregunta: «Pero, ¿de dónde sacáis esta novedad, esta frescura? ¿Qué hay detrás?». La capacidad de responder a esta pregunta llevará a las personas de forma natural a algo más grande y mejor. Esto es un testimonio real de fe. Aunque los demás no lleguen a identificar el nombre de Cristo, el mero hecho de mirar a esa persona hace que sea imposible no querer comprender qué es lo que le hace ser así. Querrán saber quién es el «tercero», y esto es un testimonio.
Solo un verdadero testimonio puede hacer visible y tangible el acontecimiento de la fe. La capacidad para hacer de la fe algo razonable para los hombres solo puede venir de una experiencia concreta de la misma, de un «acontecimiento». Esto es lo que permite que uno no tenga miedo a no ser comprendido y que pueda resistir a la tentación de reducir el cristianismo a algo distinto.
Yo le pregunto: ¿por qué pensamos a veces que para hacer comprensible un gesto gratuito haya que reducirlo a algo distinto, tenga que ser menos gratuito? Cuanto más gratuito sea, más sorprendente y atractivo debería ser, ¿no? No tenemos que reducir las cosas para que puedan ser comprendidas.
A veces pensamos que si uno no tiene fe, tenemos que reducir las cosas para que pueda comprenderlas. Pero es justamente lo contrario: cuanto más gratuito es un gesto, como perdonar a alguien una ofensa en lugar de responder del mismo modo, tanto más asombrará radicalmente a esta persona. No tenemos que reducir ni olvidar nada para evitar el escándalo. Nadie se ha escandalizado nunca de ser perdonado.

En la última página del libro usted escribe que la alegría es como la flor del cactus. ¿Qué quiere decir?
La fe introduce en la vida un atractivo, que al mismo tiempo nos atrae hacia ella pero no nos deja solos. Nada desafía tanto a una persona como algo que responde con total plenitud a todas sus expectativas. ¡Nada transforma radicalmente la vida como el cumplimiento de todas sus promesas! Por eso la fe es como el cactus: es precioso, nos atrae hacia sí, pero al mismo tiempo pincha. Podemos aceptarla o rechazarla, pero nada tiene tanto poder para transformar y descolocar la vida.

¿Podríamos decir que este libro es un intento de expresar la visión de la evangelización que nace de Giussani y que ha sido enfatizada por los tres últimos pontífices?
En mi opinión, la respuesta es que sí.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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