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CINE

Las confesiones: un estimulante viaje al corazón del mundo

Jorge Martínez
30/05/2017 - Aleteia

La industria cinematográfica produce a destajo. Pervive sumida en una ansiógena carrera competitiva contra sí misma, mientras los cadáveres de los críticos infartados van apareciendo en las cunetas, colapsados por el eterno retorno de lo mismo. Sin embargo, de vez en cuando, si aguantas lo suficiente, te llega una joya, algo diferente, que te permite dejar tu rol de robot tragalotodo, tomar aire y volver a ser tú mismo mientras te abandonas en la butaca.

Las confesiones (2015) es un buen ejemplo de este tipo de filmes que te recuerdan por qué, en un momento de tu vida, decidiste dedicarle tanto tiempo y energías a esto del celuloide.

De entrada, el título despista. Con un monje en el cartel, parece que estemos ante un biopic de San Agustín, pero nada más lejos de la realidad. Por el contrario, se nos cuenta una historia muy actual de un modo extremadamente pertinente.

Todo sucede en una reunión del G-8, en un lujoso y paradisíaco hotel de Alemania. En el encuentro participan representantes de los gobiernos más poderosos del mundo, capitaneados por Daniel Rochè -interpretado por Daniel Auteuil-, director del FMI.

Rochè en esta ocasión ha decidido invitar también a Claire Seth -una escritora de bestsellers infantiles, interpretada por una estupenda Connie Nielsen, que, con el paso de los años, va ampliando gratamente su registro-, a un cantante de rock sumamente naïf implicado en cierta ONG, y a un monje a la vez silencioso y estelar que nadie sabe bien por qué está allí –interpretado por el inexpresivamente expresivo Toni Servillo, que nos cautivó en su papel de Jep Gambardella en la inolvidable La Gran Belleza (2013). Este último personaje se convertirá en la piedra angular del filme.

El guión es eminentemente teatral. La belleza de la fotografía consigue asfixiar, situándote en una especie de paraíso al que solamente Roberto Salus, el mencionado cartujo, le sabe encontrar el alma en forma de trino de pájaro. El estilo que explota el director y coguionista, Roberto Andò, es una suerte de realismo mágico o metafísico que trae a la memoria una y otra vez las maravillas de Sorrentino. El género es también inesperado: lo podríamos llamar thriller espiritual. Su finalidad, según comenta el propio realizador, es la de proseguir su indagación acerca del poder, que comenzó en su interesante Viva la libertad (2013).

En un mundo absolutamente dominado por la lógica abstracta del dinero, donde los grandes banqueros pueden hacer caer gobiernos y la prosperidad se cimenta en la progresiva exclusión de personas y pueblos en nuestro mundo globalizado, la trama de este filme pone de nuevo en juego el método que utilizó Cristo para entrar en la historia y ponerla patas arriba.

Fray Salus no es una autoridad política o económica, es una sencilla presencia que despierta la conciencia. Ante él vemos cómo todos pueden elegir conscientemente e incluso arrepentirse, porque su mirada, consciente de que su fortaleza no está en él, se convierte en una provocación a determinadas partes de nuestra humanidad que no sabíamos que existían, porque las solemos llevar en stand by.

Al final, son menos de dos horas de cine pausado y extremo que nos recuerda lo que es el verdadero realismo, algo esencialmente opuesto a nuestra normalidad social, exhaustivamente monetarizada. La fábula resultante le hace pensar a uno en lo que Ratzinger llamaba, en su Jesús de Nazaret, la vida-vida, algo que el mundo le debe a la resurrección de Cristo, “una especie de “salto cualitativo” radical, en que se entreabre una nueva dimensión de la vida, del ser humano”. Algo que, según parece, se contagia.

Una experiencia cinematográfica pura que nos permite, contra la inercia establecida, no huir hacia los paraísos artificiales, sino protagonizar un estimulante viaje al corazón del mundo, y volver con la clave para mejorarlo.

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